
Ahora Dvorka estaba junto al micrófono del estrado leyendo un pasaje de la Biblia. Los asistentes pasaban las páginas del programa, impreso en ciclostil, de la fiesta de Shavuot del año del jubileo del kibbutz. Su voz, todavía imponente, estaba cargada de sentimiento y se quebraba de vez en cuando, incapaz de contener tanta emoción. Leía el libro de Rut, y Aarón se preguntó si también ella estaría pensando en Osnat, la niña forastera que había ido a una tierra extranjera en compañía de su suegra. A él mismo le sobresaltó tal asociación de ideas («¿Cómo puedes decir que es una tierra extranjera?»), y sus pensamientos volvieron a Dvorka.
Está cambiada, pensó; tiene un aire de amargura.
– Todo comenzó aún antes de que mataran a Yuvik -le había explicado Moish-, está haciéndose mayor y ha sido muy duro para ella. Primero se le murió Yehuda, y luego sucedió lo de Yuvik en el Líbano. Para empezar, no pintaba nada allí, a su edad. Un año más y le habrían liberado de los deberes de reservista. Lo único que la mantiene viva en estos tiempos son sus nietos y Osnat -Aarón se había sentido enrojecer, pero Moish, ocupado en fregar las tazas de café, prosiguió sin advertirlo-: Sí, la relación con Osnat es lo que salva a Dvorka. Claro que ahora a Osnat se le ha metido en la mollera la obsesión de que los niños duerman con sus padres; sólo piensa en eso y no para de pelearse con todo el mundo por ese asunto.
