
Ahora se le ocurría por primera vez que Srulke había sido un hombre muy tímido, y que si rara vez le dirigía la palabra era porque no encontraba nada que decirle que no pareciera forzado. Sin duda había comprendido intuitivamente que cualquier intento de acercamiento a Aarón resultaría hipócrita, falso. Pensó con tristeza que a Srulke le habían sido más fáciles las cosas con Osnat. Con ella tampoco hablaba, pero sí le dedicaba mudas sonrisas de afecto. Era como si aún estuviera viendo el gesto de intensa concentración con que Srulke escuchaba a Osnat mientras ella le contaba a Miriam lo que había hecho durante el día, sentados todos en el césped, frente a la habitación, en las largas tardes veraniegas.
Aarón se sumó al cortejo fúnebre sin sentir alivio ni dolor, tan sólo la obligación de estar junto a Moish. No podía menos de preguntarse por qué su visita al kibbutz había coincidido precisamente con la muerte de Srulke. Durante su anterior visita, ocho años atrás, se había celebrado el entierro de Miriam, la madre de Moish, que había fallecido tras muchos padecimientos. Fue entonces cuando Aarón se acostó con Osnat por primera y última vez, la noche de después del entierro, en la habitación donde lo alojaron después de que se le averiase el coche. Osnat lo acompañó a la habitación, situada al fondo de la sección de casas prefabricadas, llevando ropa de cama limpia. Era invierno y el informe meteorológico había advertido del peligro de heladas. Aarón recordaba muy bien los comentarios sobre la cosecha de aguacates. De camino al cementerio, la gente hablaba de eso en susurros. Osnat había sacado una estufita eléctrica del armario y la había encendido.
