
Srulke había sido un hombre taciturno que nunca se tomaba la molestia de hacer más agradable la vida a quienes lo rodeaban, aunque sólo fuera con una sonrisa o una palabra. Pero tampoco pretendía molestar a nadie. Parecía totalmente ajeno a la influencia que pudiera ejercer en su entorno. Cuando regresaba a casa después de un día de trabajo, solía preguntar a los niños cómo habían empleado la jornada, poniendo más hincapié en el trabajo que en los estudios, y después de darse una ducha y vestirse con una camiseta gris claro y unos pantalones azul marino, se encaminaba al jardín, donde, inclinado sobre las flores, acariciaba los pétalos de las grandes rosas, examinaba las hileras de tiestos de fucsias de multitud de variedades, cuyas ramas se doblaban bajo el peso de auténticas cascadas de flores encarnadas, rosas y purpúreas; y sólo entonces, después de haber aspirado el aroma de los jazmines amarillos, tomaba asiento y desplegaba su Al Hamishmar
Al irse haciendo mayor, a Aarón cada vez le sorprendía más ver que Moish no demostraba el menor temor hacia su padre. Y, con el paso de los años, también fue comprendiendo que Moish amaba tiernamente a su padre, que aquel hombre cuya industriosa presencia a menudo bastaba para paralizarlo de miedo no asustaba a su hijo. Lo cierto era, pensaba Aarón, que siempre había esperado de Srulke una palabra cariñosa, alguna demostración de afecto y de que apreciaba su valía, pero cuando era niño apenas si había habido relación alguna entre ellos. Srulke casi nunca se dirigía a él directamente y Aarón no recordaba una sola ocasión en que hubieran estado a solas.
