– Hablar no era tu punto fuerte en aquellos tiempos -dijo Osnat, y se puso en pie para colocar una manta de lana en la cama.

– ¿Y es el punto fuerte de Yuvik?

Aarón percibió la amargura de su voz. Osnat no le respondió. Él se quedó mirando sus rizos rubios recogidos con una goma en una especie de moño que dejaba bien al descubierto su bello rostro, sin maquillaje, ancho como el de una campesina eslava, con unos labios gruesos y bien perfilados. Los defectos se hacían evidentes al examinar las facciones una a una: nariz demasiado puntiaguda, pómulos excesivamente anchos, ojos empañados, manchitas sobre la piel oscura; pero, en conjunto, el rostro poseía una belleza salvaje y sensual que no compaginaba con la expresión severa que había adoptado Osnat mientras se concentraba en hacer la cama.

– ¿Cómo se vive siendo la mujer de Yuvik, el semental del kibbutz? -preguntó con una crudeza que a él mismo le sorprendió.

Osnat lo miró con gesto de rabia y tristeza, mordiéndose los labios, y al cabo dijo:

– ¿Quieres dejarlo ya, por favor?

Aarón estaba avergonzado, confuso.

– Lo siento -dijo-. Te pido disculpas, me ha salido sin pensarlo. Nunca hemos hablado de eso. Pero me interesa mucho saber cómo estás.

Osnat le dirigió una mirada seria, las comisuras de su boca se estiraron, volvió a entornar los ojos y dijo:

– Bien, estoy bien. Ahora mismo, muy metida en mis estudios.

Sin saber por qué, Aarón tuvo la impresión de que ella no se resistiría si la atraía hacia sí. De pronto lo invadió un hondo sentimiento de soledad y aflicción y, tomándole la mano, entrelazó los dedos con los suyos; cuando volvió la cara hacia él vio su habitual expresión de seriedad, esa con la que pretendía ocultar toda señal de pena o desamparo, era la expresión que siempre lo había conmovido, la que le decía que Osnat era su compañera de fatigas.



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