
Poco a poco empezaron a entrelazar frases que comenzaban por «¿Te acuerdas de…?», y durante largo rato revivieron sus tiempos de soledad y animosidad contra los compañeros de su edad y contra el kibbutz en general. Y llegó un momento en que a Aarón le resultó lo más natural decir sin sonrojo: «Entonces ni siquiera yo sabía cuánto te deseaba»; a lo que Osnat replicó titubeante: «Pero yo no podía. No sé si quería o no quería, pero no podía». Y como quien toma lo que en justicia le corresponde, sintiéndose más seguro de sí mismo que nunca en su vida, Aarón la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos, y lo que antes parecía imposible se volvió natural e inevitable aquella noche, después del entierro de Miriam.
A las dos de la mañana Osnat se levantó de la cama y se vistió silenciosa, a toda prisa. No prestó atención a la indecisa sonrisa de Aarón, y cuando ya estaba en la puerta y él le preguntó si podían volver a verse, ella respondió:
– ¿Para qué? ¿Adónde podría llevarnos esto? Así no.
– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Aarón; se incorporó y se cubrió con la manta de lana, áspera y desagradable al tacto.
– Quiero decir que no quiero verte en estas condiciones.
– Pero vas a ir a estudiar a Tel Aviv, estarás en la ciudad y…
– No quiero -le atajó Osnat con sequedad-. Si vienes al kibbutz, nos veremos, si no, no nos veremos.
Aarón suspiró y la miró en silencio.
– Y no vayas a pensar que suelo hacer este tipo de cosas -añadió Osnat.
