Sus manos unidas, posadas sobre los pantalones grises de lana que Aarón se había comprado en Londres durante su último viaje al extranjero, se convirtieron en dos manitas cubiertas de rasguños tras una larga jornada de vendimia. Aarón se vio como un niño y a Osnat como una niña, sentados en una cama de la casa de los niños, y recordó cuánto había anhelado tocar la manita de Osnat. Era una imagen del año de su bar mitzvá

Poco a poco empezaron a entrelazar frases que comenzaban por «¿Te acuerdas de…?», y durante largo rato revivieron sus tiempos de soledad y animosidad contra los compañeros de su edad y contra el kibbutz en general. Y llegó un momento en que a Aarón le resultó lo más natural decir sin sonrojo: «Entonces ni siquiera yo sabía cuánto te deseaba»; a lo que Osnat replicó titubeante: «Pero yo no podía. No sé si quería o no quería, pero no podía». Y como quien toma lo que en justicia le corresponde, sintiéndose más seguro de sí mismo que nunca en su vida, Aarón la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos, y lo que antes parecía imposible se volvió natural e inevitable aquella noche, después del entierro de Miriam.

A las dos de la mañana Osnat se levantó de la cama y se vistió silenciosa, a toda prisa. No prestó atención a la indecisa sonrisa de Aarón, y cuando ya estaba en la puerta y él le preguntó si podían volver a verse, ella respondió:

– ¿Para qué? ¿Adónde podría llevarnos esto? Así no.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Aarón; se incorporó y se cubrió con la manta de lana, áspera y desagradable al tacto.

– Quiero decir que no quiero verte en estas condiciones.

– Pero vas a ir a estudiar a Tel Aviv, estarás en la ciudad y…

– No quiero -le atajó Osnat con sequedad-. Si vienes al kibbutz, nos veremos, si no, no nos veremos.

Aarón suspiró y la miró en silencio.

– Y no vayas a pensar que suelo hacer este tipo de cosas -añadió Osnat.



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