– Tener una compañera es como estar casado, ¿sabes? -dio un codazo a Ouvrier, sentándose a su lado. Ouvrier llevaba puesto un traje de raya diplomática que Aimée sabía que había rescatado para la ocasión. Hasta ahora, ella solo lo había visto de uniforme-. Casi, ¿verdad, Ouvrier?

Ouvrier le contestó con una risa nerviosa. Enseguida se unieron otros, y las conversaciones se retomaron entre el chocar de las copas.

– Tiempo de marcharse -Jacques se levantó, puso un billete de diez francos entre las marcas húmedas de la barra, y lanzó una mirada a Laure-. ¿Vienes o no?

– Está hablando conmigo -dijo Aimée, subiendo la voz al tiempo que se acercaba a Jacques-. ¿No estabas fuera de servicio?

– ¿Desde cuándo es eso asunto tuyo? -preguntó él.

Antes de que Aimée tuviera tiempo de contestar, Laure le tiró de la manga.

– Vuelvo dentro de cinco minutos -le dijo al oído-. Voy justo a dos manzanas de distancia.

Laure tenía en la cara una expresión particular, la misma que tenía la vez que le dio a Aimée sus notas del colegio para que las escondiera.

El dueño del café rechazó el pago con la mano y limpió el mostrador con un trapo que no estaba demasiado limpio.

– Invita la casa -dijo.

– ¿A dos manzanas? Jacques ya es un chico grande, ¿no puede ocuparse él solo? -preguntó Aimée.

Pero Laure ya estaba cogiendo su abrigo del perchero. Con la mano enguantada le mostró los cinco dedos a Aimée y salió por la puerta con Jacques. Aimée los miró por la ventana mientras hablaban. Cuando volvió a mirar, ya habían cruzado la calle.

Lunes por la noche

La luz roja parpadeaba en la cara sonriente de Jacques, dándole un aspecto demoníaco. Estaba de pie, al lado de un sucio montón de nieve, atándose la chaqueta.

– ¡No tiene gracia, Jacques! -dijo Laure.

Él se encogió de hombros y cambió su expresión por la que dedicaba a los cachorros o la que ponía cuando cedía el sitio a una anciana en el autobús.



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