
– Una pena que montes semejante escena, Laure.
– ¡Ya sabes por qué!
– Eres tan amable, Laure… Deja de preocuparte por mis recetas. En el centro de salud me recetan estas pastillas para relajar la espalda.
Sus tics nerviosos habían ido a más. Y el cóctel de pastillas que acababa de tragar con la bebida no ayudaba.
– Mira, Jacques, se trata también de mi carrera. Y este es mi primer caso de patrullera.
– ¿Quién te ha ayudado, eh? ¿Quién convenció al comisario para que no tuviera en cuenta los resultados del examen?
Su puntuación había sido muy baja, era cierto. Ignoró la luz intermitente de neón del cartel del Sexodrome que enviaba reflejos de luz roja a su cara, así como las grandes fotografías de mujeres ligeras de ropa anunciando el decadente atractivo de Pigalle.
Él sacudió su cigarrillo en el borde de la acera. Su punta naranja chisporroteó y se apagó en la nieve sucia.
– Quería que estuvieras conmigo, compañera -dijo-. Por si acaso.
– ¿Por si acaso?
La sorpresa y una rápida ola de orgullo la invadieron. Sin embargo, nada era fácil con Jacques.
– ¿Por qué tengo la sensación de que vas a hacer una tontería?
– Pero no lo haré si estás conmigo. Tengo una cita con un confidente. Jugaré bien mis cartas.
¿Lo mismo que había hecho con lo del divorcio y las pastillas?
La nieve caída que había formado una alfombra en la calle se ensuciaba al paso de los autobuses, pero cubría de escarcha el cartel «Le sex live 24/7» sobre sus cabezas, como si fuera azúcar glas.
Tal y como se lo acababa de recordar, Jacques no solo la había recomendado, sino que la había aceptado como compañera cuando nadie más se había ofrecido voluntario. La había invitado a tomar algo después del trabajo y la había obligado a hablar de qué tal había ido el día; la había hecho reír y había reforzado su confianza. Tenía una deuda con Jacques.
