– ¿Quién es ese confidente y por qué es tan importante encontrarse con él esta noche? -preguntó Laure.

– No hagas preguntas. Confía en mí.

A Laure le preocupaban el Citroën nuevo que había pagado a plazos y la petaca de la que sorbía cuando pensaba que ella no lo estaba mirando. Jacques tenía una reputación estelar, pero… su divorcio lo había dejado muy tocado.

– Sé que estás presionado -dijo ella-. Me preocupas. Antes de que vayamos a la cita, vamos a hablar de ello.

Jacques le dedicó una luminosa sonrisa.

– No te he pedido nada, Laure. Esto es lo que necesito.

– ¿Igual que necesitas…?

– Es algo personal -dijo Jacques.

El viento arreciaba y levantó la nieve sobre sus pies.

– Este confidente es complicado.

– ¿No son los de Antivicio los que se ocupan de los confidentes? -preguntó Laure.

– Construir y ganar la confianza de un informador lleva su tiempo. Poco a poco, preparando el terreno. ¡Te estoy enseñando, recuerda! ¿Me sigues, compañera?

Ya no se mostraba reacia.

Jacques le guiñó un ojo.

– Ya te lo he dicho, cinco minutos y volvemos a L'Oiseau, ¿vale?

Hizo caso omiso de sus premoniciones mientras se calaba un gorro de lana sobre la abundante melena castaña, determinada a descubrir qué es lo que había hecho que el labio superior de Jacques brillara con pequeñas gotitas de sudor, qué había hecho que se crispara.

Detrás de ellos estaba la place Pigalle, desierta. Solo quedaban los matones de las tiendas eróticas que se frotaban los brazos mientras llamaban a los taxis que se detenían delante de la puerta. Jacques señaló el Citroën aparcado.

– ¿No íbamos a ir a dos manzanas? -dijo ella.

– Así es -dijo él-. Pero con este tiempo llegaremos y volveremos antes si vamos en coche.

Pasaron la tienda de música de la esquina, un local donde alternaban los amantes del heavy metal durante el día, en un barrio repleto de tiendas de instrumentos.



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