Se apresuró a lo largo del muelle de la Île St. Louis hasta su edificio, una reliquia del siglo XVII, y subió las escaleras, gastadas por el paso del tiempo. En el interior de su frío apartamento se encontró con aire rancio y oscuridad. Desilusionada, colgó su bolso en el gancho junto a la puerta. Era la tercera vez esta semana que Guy había estado fuera por la noche, de guardia.

Escuchó un clic, apenas audible. Alarmada, encendió la luz y llamó:

– Guy, ¿eres tú?

Él estaba de pie en el umbral, mirándola, con la camisa blanca de vestir desabotonada, las manos en los bolsillos de la chaqueta del esmoquin y una expresión indescifrable en sus ojos grises.

Ahogó un grito. Centrada en su trabajo, ¡se había olvidado de la recepción que él organizaba para Médicos sin Fronteras como jefe de departamento!

– Guy, perdona, pero…

– Llegué tarde a la recepción -interrumpió él-. Cuando llegué al hospital tenía una urgencia esperándome. Me hubiera hecho falta llegar cuatro minutos antes para que mi paciente no perdiera esta noche la vista. Si llego a estar allí a tiempo… pero te esperé.

Aimée sintió que se ruborizaba.

– ¡Trabajo! Lo siento, tenías que haber ido sin mí, no pensaba…

– Sabes, en la Facultad de Medicina nos enseñaron a identificar, aislar y operar un tumor maligno -dijo.

Sus músculos se tensaron. Un aire helado emanaba de él.

– Y a extirparlo antes de que se extienda, alcanzando otros órganos, asfixiando el sistema linfático.

– Guy, mira, esto va para los dos.

Él se dirigió al dormitorio y se detuvo al llegar a la puerta para decir:



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