
– ¿Qué ha entrado en crisis esta vez, Aimée? ¿Se ha bloqueado el ordenador, estabas persiguiendo a un cliente que no había pagado, te has perdido sobre una pista de piratas informáticos, o se ha marchado pronto René y has tenido que arreglártelas sola?
– No has estado mal. Tres de cuatro, Guy. -Ella quería sentir la calidez de sus manos de cirujano sobre su piel, sus maravillosas manos; sus afilados dedos que habían acariciado su espalda bajo la colcha de seda la pasada noche.
Una mirada perdida cruzó el rostro de él. Luego desapareció.
– Esto no funciona, Aimée.
Él abrió el armario y arrojó unas camisas dentro de un macuto. Iba en serio.
– Saldrías rebotado de la Marina -dijo ella cerrándole el paso.
Él la miró fijamente.
– ¿Qué?
– Abandonas el barco en cuanto el mar se pone mal.
– Ya hemos discutido sobre esto antes. -Movió la cabeza, mirando hacia el suelo-. Quería que lo nuestro funcionara.
– Pero no solo soy yo -interrumpió ella-. ¡Siempre estás de guardia, te marchas a congresos médicos tres semanas seguidas!
No mencionó las vacaciones, ni Nochevieja, la víspera del Año Nuevo.
– Lo sé -dijo, mirando hacia otro lado.
Estúpida. ¿Por qué había tenido que decirlo? Nunca confíes en un hombre. O no le dejes saber que lo haces.
– Guy, voy a tatuarme tu horario en el cerebro. -Extendió la mano y lo atrajo hacia ella, envolviéndolo en sus brazos-. Nunca había sentido nada así.
Él recorrió su pómulo con un cálido dedo. Ella cerró los ojos, inhalando su aroma a lima y vetiver. Sintió que algo caía dentro de su bolsillo con un sonido metálico.
– Aquí tienes tus llaves -dijo Guy.
– Vamos a hablarlo -dijo ella, luchando contra su propio temor. ¿Por qué había ignorado los signos de alarma?
– Es mejor así, Aimée. Para ti y para mí. Lo siento. -Agarró el macuto y cruzo el recibidor de unas zancadas.
