La explosión de la place Vendôme que había matado a su padre ahora no era más que un expediente perdido en el ministerio, y la única pista que ella había conseguido de la Interpol… estaba por ahora olvidada. Intentó apartar también esos pensamientos.

Qué familiar le resultaba ese café bar lleno de humo. El tipo de café en el que Laure y ella se habían sentado a jugar interminables partidas de tres en raya mientras sus padres trabajaban los fines de semana.

Percibió el ceño fruncido de Laure y que su amiga no dejaba de echar hacia atrás nerviosamente su melena lisa color castaño. El traje pantalón azul marino le sobraba por todos los sitios.

– Has perdido peso -dijo Aimée.

Laure desvió sus ojos marrones demasiado juntos.

– No puedo mantener a estos dinosaurios a raya -dijo Laure un segundo más tarde-. Por lo menos, los tipos de la vieja escuela no lanzan indirectas sexuales cada cinco minutos ni se meten conmigo como lo hacen los nuevos reclutas de la comisaría. Arriesgo mi vida todos los días, lo mismo que ellos. Cuando salgo por la mañana, no sé si volveré. Y aún así ellos piensan que soy una presa fácil.

– Estás patrullando, lo que querías -dijo Aimée, a la vez que se fijaba en la insignia en la solapa de Laure-. Te felicitaría, pero ya sabes mi opinión sobre el hecho de que patrulles.

Laure había dejado el trabajo de oficina y ahora había sido asignada al servicio activo. Patrullar no era un trabajo que Aimée considerara inteligente para ella. Habían tenido interminables conversaciones sobre el tema. La necesidad de Laure de demostrarse a sí misma su valía, ya fuera a causa de su complejo por el labio leporino que afeó su apariencia hasta la operación, o por su deseo de emular el condecorado servicio de su padre, no había cambiado.

– ¿Por qué tienes que arriesgar tu vida?

De nuevo, esa mirada huidiza, el movimiento de la mano sobre su boca.

Un grupo de hombres de pelo gris que se estaban dando palmadas en la espalda explotó en una ruidosa carcajada, ahogando la respuesta de Laure. La multitud bien engrasada, conversando en un rugido, competía con el tintineo del pinball de los años cincuenta.



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