
Laure Rousseau, sonriendo, estaba de pie contra un póster amarillento del Marsella que se estaba despegando de la pared sucia de tabaco. Como siempre, pasó la mano por delante de la boca con un movimiento rápido, un pequeño gesto consciente que hacía para ocultar la delgada línea blanca que cruzaba su labio de arriba, los restos de una fisura en el paladar que la cirugía había corregido hacía ya mucho tiempo.
– Así que, bibiche -dijo Laure, mientras analizaba a Aimée rápidamente con sus ojos castaños-, ¿quieres que hablemos de la apisonadora que te acaba de pasar por encima?
¿Tanto se le notaba? Aimée se atragantó y derramó su copa. El borgoña salpicó todo el mostrador. Laure alcanzó un trapo y limpió el desaguisado.
– ¿Tan grave es? -preguntó Laure de nuevo.
Asintió.
– Guy está de guardia. Permanentemente.
– ¡Ah, el oculista! ¿Habéis roto? -preguntó Laure-. Lo siento.
Aimée movía el pie nerviosamente sobre el suelo marrón de azulejos agrietados, y sucio de envolturas de azucarillos y colillas de cigarros.
– Lo he echado todo a perder. Pero, en lugar de entrar en detalles, mejor me voy. No quiero estropear la noche.
Laure le rodeó los hombros con el brazo.
– Librémonos de esa cara larga. Cuéntame.
Y eso fue lo que hizo Aimée.
– Volverá -dijo Laure.
– No pongo la mano en el fuego. Somos demasiado diferentes.
Aimée cogió un vaso nuevo y pegó un trago. Los hombres iban y venían, ¿no? Siempre habría alguien más. Con más vino se convencería de eso, y quizá consiguiera pasar la noche.
– Bibiche! -Laure la abrazó-. Puedes conseguir a cualquiera de estos, en cualquier momento. El problema es que todos están divorciados, no pueden mantener una relación a flote ni siquiera durante un minuto y son tan viejos como tu papá y el mío.
– Tan viejos como sería mi padre -dijo Aimée-. Ya han pasado cinco años, Laure.
