
Aimeé pensó que eso era justo lo que Francia necesitaba, más fascismo.
– Maman?- llegó la profunda voz de un hombre desde el pasillo.
Aimeé se puso en pie sobresaltada, con demasiada rapidez, y al hacerlo se chocó con el secreter del dormitorio. La pecera del pez ángel se bamboleó y ella se estiró para sujetarla. Fue entonces cuando vio el pedazo de foto bajo la pecera, apenas visible a través de la oscura gravilla. Tiró de ella para sacarla y suavemente alineó la fotografía encriptada junto a su trozo. Se correspondían. Aturdida, se dio cuenta de que estaban sosteniendo la esquina que le faltaba a su fotografía, por la que quizá esta mujer había sido asesinada.
– Maman, ça va?
Deslizó las fotografías dentro del sobre y lo metió dentro de la caña de su bolso de piel.
– No entre, monsieur- dijo con voz alta intentando mostrarse autoritaria.-Llame a la policía.
– Eh? Quién…?- Un hombre maduro, alto y delgado como una estaca, entro en la habitación. Encorvado, como si se disculpara por ocupar un espacio. Los rizos frontales largos, al estilo jasídico bajo un sombrero de fieltro con el ala levantada.
Ella le ostruía la visión
– Es Lili Stein su madre?
– Que ha ocurrido?-Se puso rígido-. ¿Está mamá enferma?- Miró por encima del hombro de Aimeé antes de que ella pudiera detenerlo-.No…-dijo moviendo la cabeza.
Se acercó al hombre en un intento de ayudarlo.
– ¿Quién es usted?.-En sus ojos había miedo.
– Yo trabajo con…-Se calló a tiempo, antes de mencionar a Hecht-…el Templo de E’manuel. Soy detective privado. Teníamos una cita.-Ella lo condujo a una hornacina de la que colgaban rollos de escrituras-.Siéntese.
