
No se había encontrado frente a un homicidio desde que trabajaba con su padre. Su primer impulso fue salir corriendo del apartamento, llamar a los flics y devolverle el dinero a Hecht. Pero se obligó a regresar.
En el dormitorio inspeccionó el cadáver de la anciana con más cuidado. Profundamente y sin sangre, la esvástica se extendía desde sus cejas hasta los ralos cabellos grises del comienzo del cuero cabelludo y dejaba a la vista tejido óseo y carnoso. Enredada en la marca cubierta de sangre, que había dejado la cuerda sobre su cuello, colgaba una cadena de oro con letras hebreas.
Soltó un juramento y volvió a espantar a la insistente mosca que se había posado sobre la falda de lana de la mujer, recogida a la altura de las rodillas. Los tobillos hinchados sobresalían de los desaliñados zapatos. Aimeé se dio cuenta de los arañazos y los moratones en las pálidas piernas; las manos medio cerradas se extendían sobre un costado, como si hubiera muerto luchando.
“En las manos de Lili Stein”. Eso era lo que le había prometido a Soli Hecht. Eso ya no tenía ningún sentido, ya que la mujer estaba muerta. No era supersticiosa, pero…Se inclinó para observar detenidamente la mano de la mujer. En las palmas tenía astillas de madera clavadas a la ventana. Unas muletas yacían sin ninguna utilidad en el suelo. Tenía las uñas rotas y descascarilladas. Como un animal acorralado, había tratado de salvarse a arañazos.
Aimeé posó sus dedos, con cuidado, sobre la muñeca de venas azuladas. Sacó el sobre con la foto y lo posó en la fría mano de Lilli, la cual aún no estaba del todo rígida a pesar del rígor mortis.
En ese momento sintió que el asesino se acercaba a la fría y húmeda habitación. Le invadió una premonición. Fue consciente de la voz nasal del locutor de radio. En un mensaje pregrabado el día anterior para los sindicatos de Lili, Cazaux, el ministro francés de Comercio y posible candidato a primer ministro, había prometido estrictas cuotas para la inmigración. “¡Industria francesa, trabajadores franceses, productos franceses!”, despotricaba la familiar voz de Cazaux ante los vítores de la multitud.
