
– No s que no quiera su caso, pero tenemos mucho trabajo. Puedo recomendarle a alguien muy bueno.
– Conocí a su padre, un hombre muy honrado. Me dijo que acudiera a usted si necesitaba ayuda.
Sorprendida, se le cayeron las llaves y desvío la mirada.
– Pero a mi padre lo mataron hace cinco años.
– Como siempre, permanece en mis oraciones.- Hecht inclinó la cabeza. Cuando levantó la vista la miró fijamente a los ojos- Su padre y yo nos conocimos cuando él estaba en la comisaría.
Ella sabía que tenía que oír lo que tenía que decirle. Aún así, dudó. El frío se filtraba a través de los listones del suelo, pero no era lo único que hizo que se estremeciera.
– Entre, por favor.
Abrió la puerta en la cual ponía =Leduc Detectives= y que conducía al despacho que había construido tras la muerte de su padre, dio al interruptor de la luz y dejó caer la chaqueta sobre la butaca. Sobre las paredes colgaban grabados del siglo XIX de color sepia, de excavaciones sobre planos digitalizados de las cloacas de París.
Hecht desplazó su cadavérica estructura corporal sobre el suelo de parqué. Había algo en él que le resultaba familiar. Cuando levantó el brazo para posarlo sobre el escritorio, vio unos números azules, apenas perceptibles, tatuados en su antebrazo y que sobresalían a hurtadillas bajo la manga de la chaqueta. ¿Querría que encontrara parte del botín de los nazis en alguna cuenta suiza? Vertió una cuchara de café molido en el filtro, echó agua y encendió la cafera exprés, que se puso a funcionar con una especie de gruñido.
– Monsieur Hecht, ¿de que trata el trabajo exactamente?
– Su campo es la capacidad de entrar en los sistemas informáticos.- Sus ojos analizaron el material expuesto en las paredes. Le tendió bruscamente una carpeta-. Descifre este código. La contrata el Templo de E’manuel.
