
– ¿Sobre…?
– Necesitamos pruebas de que los parientes de una mujer pudieron evitar ser deportados a Buchenwald. Pero no quiero que ella se cree faltas esperanzas.- Desvió la mirada, como si hubiera algo más que decir, pero no lo hizo.
– He dejado de hacer ese tipo de trabajo, monsieur Hecht. Ese era más el campo de mi padre. A decir verdad, si yo fuera fiel a su promesa, no le estaría haciendo un favor.
– Yo conocía a su padre; confiaba en él.- Hecht se agarró con fuerza al borde de su escritorio.
– ¿Cómo se conocieron?
– Era un hombre de honor; fue él quién me dijo que podía confiar en usted.- Soli Hecht dejó caer la cabeza-. Nos tratábamos mucho antes de la explosión. Necesito de su experiencia.
Tamborileó sobre la mesa con las rojas uñas desconchadas e hizo un esfuerzo por alejar de su pensamiento los dolorosos recuerdos. Un humeante y turbio líquido goteaba en la tacita.
– Monsieur, un petit café?
– Non, merci- dijo él negando con la cabeza.
Aimeé quitó el envoltorio a un azucarillo y lo dejó caer en su taza.
– Me dedico a la seguridad informática- repitió-, no a personas desaparecidas.
– El dijo que usted me ayudaría…que siempre podría dirigirme a usted.
S no quería faltar a la palabra dada por su padre, solo le quedaba un camino.
– D’accord – transigió no sin cierto íntimo recelo-. Le enseñaré el formulario de contrato que utilizamos habitualmente.
– Ha de ser suficiente con mi palabra- dijo, ofreciéndole la mano- Por lo que a usted respecta, no nos conocemos. ¿De acuerdo?
Ella estrechó la huesuda mano.
– ¿Llevará varios días? Me dijeron que podría ser lento.
– Quizá unas pocas horas. Yo puedo teclear ciento veinte palabras convencionales por minuto.
Sonrió y se sentó, apartó de un manotazo al otro extremo de la mesa los faxes que habían llegado la noche anterior y se inclinó hacia él.
