
Miró a Peters y supo que ambos estaban pensando en lo mismo.
¿Quién podía ser tan cruel? ¿Ponerle una cuerda tan fina en el cuello a una anciana indefensa?
– Espera ahí fuera -dijo Kurt Wallander al viejo que sollozaba en la puerta-. Espera ahí y no toques nada.
Su voz sonaba como un rugido.
«Rujo porque tengo miedo», pensó. «¿En qué mundo vivimos?»
Esperaron unos veinte minutos. La respiración de la mujer era cada vez más irregular y Wallander empezó a temer que la ambulancia llegara demasiado tarde.
Reconoció al conductor de la ambulancia, se llamaba Antonson.
Su asistente era un joven al que nunca había visto.
– Hola -dijo Wallander-. El está muerto pero ella vive. Intentad mantenerla con vida.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Antonson.
– Espero que ella nos lo pueda decir si sobrevive. ¡Venga, daos prisa!
Cuando la ambulancia desapareció por el camino de grava, Kurt Wallander y Peters salieron. Norén se secó la cara con un pañuelo. El alba se anunciaba lentamente. Wallander miró su reloj. Faltaban dos minutos para las siete y media.
– Es como un matadero -dijo Peters.
– Peor -contestó Wallander-. Llama y pide que venga todo el personal. Dile a Norén que ponga barreras. Yo hablaré con el viejo.
Mientras hablaba oyó algo parecido a un grito. Se sobresaltó, y entonces el chillido se repitió.
Un caballo relinchaba.
Se dirigieron a la cuadra y abrieron la puerta. Dentro, en la oscuridad, un caballo golpeaba el suelo de su box nerviosamente. Olía a estiércol caliente y a orín.
