Un hombre mayor se acercó apresuradamente. Kurt Wallander vio que cojeaba, como si le doliera una rodilla.

Al salir del coche se dio cuenta de que se había levantado el viento. Puede que nevase, después de todo.

En cuanto vio al hombre supo que algo verdaderamente desagradable le esperaba. En aquellos ojos había un brillo de espanto que no podía ser fingido.

– Forcé la puerta -decía con tono febril una y otra vez-. Forcé la puerta porque tenía que verlo. Ella está a punto de morir, ella también.

Entraron por la puerta forzada. Wallander sintió el impacto del olor a viejo. Los papeles pintados eran anticuados y tuvo que entornar los ojos para poder ver en la oscuridad.

– ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó.

– Allí dentro -contestó el viejo.

Luego se echó a llorar.

Los tres policías se miraron.

Kurt Wallander empujó la puerta con el pie.

Era peor de lo que se imaginaba. Mucho peor. Más tarde diría que era lo peor que jamás había visto. Y había visto mucho.

La habitación del viejo matrimonio estaba llena de sangre. Hasta la lámpara de porcelana que colgaba del techo estaba salpicada. Encima de la cama yacía bocabajo un hombre mayor con la parte superior del cuerpo al descubierto y los calzoncillos largos bajados. Tenía la cara destrozada, irreconocible. Parecía que alguien había intentado cortarle la nariz. Le habían atado las manos detrás de la espalda y destrozado el fémur izquierdo. El hueso blanco relucía entre todo aquel rojo.

– ¡Joder!

Wallander oyó el gemido de Norén y sintió arcadas.

– Una ambulancia, rápido -dijo mientras tragaba-. Rápido, rápido…

Luego se agacharon sobre la mujer que yacía en el suelo atada a una silla. Le habían puesto una fina cuerda alrededor del escuálido cuello. Respiraba débilmente. Kurt Wallander le ordenó a gritos a Peters que buscase un cuchillo. Cortaron la cuerda, que se le había hundido en las muñecas y en el cuello, y la acostaron en el suelo con mucho cuidado. Wallander puso la cabeza de la mujer en su regazo.



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