
Le quedaban dos preguntas.
– ¿Saben si guardaban mucho dinero en casa? -preguntó.
– No -contestó Nyström-. Lo metían todo en el banco. La pensión también. Y no eran ricos. Cuando vendieron la tierra, los animales y las máquinas, regalaron el dinero a sus hijos.
La segunda pregunta le parecía que no tenía sentido. Pero la hizo de todos modos. Tal como estaban las cosas, no tenía elección.
– ¿Saben si tenían enemigos? -preguntó.
– ¿Enemigos?
– ¿Alguien que pudiera haber hecho esto?
Parecía que no habían entendido la pregunta.
La repitió.
Los dos viejos le miraron con incredulidad.
– La gente como nosotros no tiene enemigos -dijo el hombre. Wallander notó que hablaba con tono ofendido-. A veces discutimos por el mantenimiento de un camino o por los límites de un terreno. Pero no nos matamos.
Wallander movió la cabeza en señal de asentimiento.
– Pronto volveré a llamarles -dijo, y se levantó con el abrigo en la mano-. Si se acuerdan de algo no duden en llamar a la policía. Pregunten por mí, Kurt Wallander.
– ¿Y si vuelven…? -preguntó la anciana.
Kurt Wallander negó con la cabeza.
– No lo harán -dijo-. Seguramente eran atracadores. No volverán. No tienen por qué preocuparse.
Pensó que debía decir algo más para tranquilizarlos. Pero ¿qué les diría? ¿Qué seguridad podría ofrecer a unas personas que acababan de vivir el brutal asesinato de su vecino más cercano y que sólo podían quedarse esperando a que muriera una segunda persona?
– El caballo -dijo-. ¿Quién le dará de comer?
– Lo haremos nosotros -contestó el anciano-. Le daremos lo que haga falta.
Wallander salió al frío del amanecer. El viento era más fuerte y se encogió al ir hacia su coche.
