
Rydberg, que tenía reuma y usaba bastón, se acercaba cojeando por el corral.
– No es muy bonito -dijo-. Parece un matadero.
– No eres el primero que lo dice -contestó Kurt Wallander.
Rydberg tenía el semblante serio.
– ¿Tenemos alguna pista?
Kurt Wallander negó con la cabeza.
– ¿Nada de nada?
Había como una súplica en la voz de Rydberg.
– Los vecinos no han oído ni han visto nada. Creo que son unos delincuentes comunes.
– ¿Te parece común esta brutalidad demencial?
Rydberg estaba excitado y Kurt Wallander se arrepintió de sus palabras.
– Naturalmente quiero decir que se trata de personas excepcionalmente bestiales las que han hecho esto. La clase de gente que se gana la vida atacando a ancianos solitarios en granjas apartadas.
– Tenemos que atraparlos -dijo Rydberg-. Antes de que vuelvan a actuar.
– Sí -contestó Kurt Wallander-. Aunque se nos escapen otros este año, a éstos sí que debemos atraparlos.
Se sentó en el coche y arrancó. En una curva del estrecho camino estuvo a punto de chocar contra un vehículo que se le acercaba a gran velocidad. Reconoció al conductor. Era un periodista que trabajaba para uno de los grandes diarios nacionales y aparecía cuando algo de considerable interés ocurría en los alrededores de Ystad.
