En realidad debería quedarse para echar una mano a sus compañeros. Pero tenía frío, no se encontraba bien y no quería permanecer allí más de lo necesario. Además, a través de la ventana había visto que el que había llegado con el coche patrulla era Rydberg. Eso significaba que los técnicos no acabarían su trabajo hasta que le hubieran dado la vuelta a cada trozo de barro del lugar del crimen para estudiarlo. Rydberg, que se retiraría al cabo de pocos años, era un policía apasionado. Aunque a veces podía parecer pedante y flemático, era una garantía de que la investigación del lugar del crimen se haría debidamente.

Rydberg, que tenía reuma y usaba bastón, se acercaba cojeando por el corral.

– No es muy bonito -dijo-. Parece un matadero.

– No eres el primero que lo dice -contestó Kurt Wallander.

Rydberg tenía el semblante serio.

– ¿Tenemos alguna pista?

Kurt Wallander negó con la cabeza.

– ¿Nada de nada?

Había como una súplica en la voz de Rydberg.

– Los vecinos no han oído ni han visto nada. Creo que son unos delincuentes comunes.

– ¿Te parece común esta brutalidad demencial?

Rydberg estaba excitado y Kurt Wallander se arrepintió de sus palabras.

– Naturalmente quiero decir que se trata de personas excepcionalmente bestiales las que han hecho esto. La clase de gente que se gana la vida atacando a ancianos solitarios en granjas apartadas.

– Tenemos que atraparlos -dijo Rydberg-. Antes de que vuelvan a actuar.

– Sí -contestó Kurt Wallander-. Aunque se nos escapen otros este año, a éstos sí que debemos atraparlos.

Se sentó en el coche y arrancó. En una curva del estrecho camino estuvo a punto de chocar contra un vehículo que se le acercaba a gran velocidad. Reconoció al conductor. Era un periodista que trabajaba para uno de los grandes diarios nacionales y aparecía cuando algo de considerable interés ocurría en los alrededores de Ystad.



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