
Aquello no debería haber ocurrido jamás.
Miró a través de las ventanillas del coche. El viento silbaba y rugía por entre las puertas del coche.
«Ahora tengo que empezar», pensó.
«Es lo que dijo Rydberg.»
«Tenemos que atrapar a los que lo han hecho.»
Se fue directamente al hospital de Ystad y subió en ascensor hasta la planta de cuidados intensivos. En el pasillo descubrió enseguida a Martinson, el joven aspirante a policía, sentado en una silla delante de una puerta.
Kurt Wallander se dio cuenta de que estaba irritado. ¿Es posible que no hubiese más que un joven e inexperto aspirante a policía para hacer guardia en el hospital? ¿Y por qué estaba sentado fuera de la habitación? ¿Por qué no estaba sentado al lado de la cama, dispuesto a registrar el menor susurro de la mujer maltratada?
– Hola -dijo Kurt Wallander-. ¿Cómo va todo?
– Está inconsciente -contestó Martinson-. Parece que los médicos no tienen demasiadas esperanzas.
– ¿Qué haces aquí sentado? ¿Por qué no estás dentro?
– Me avisarán si pasa algo.
Kurt Wallander notó que Martinson se ponía nervioso.
«Hablo como un viejo maestro gruñón», pensó.
Con mucho cuidado empujó la puerta y miró hacia dentro. Había varias máquinas aspirando y bombeando en la antesala de la muerte. Los tubos serpenteaban como gusanos transparentes a lo largo de las paredes. Una enfermera repasaba un diagrama cuando él abrió la puerta.
– Aquí no puede entrar -dijo en tono brusco.
– Soy policía -replicó Wallander tímidamente-. Sólo quiero saber cómo está.
– Se le ha dicho que espere fuera -añadió la enfermera.
Antes de que a Kurt Wallander le diera tiempo de contestar entró un médico con mucha prisa en la habitación. Le pareció muy joven.
– Preferimos no tener extraños aquí dentro -dijo el joven médico al ver a Kurt Wallander.
