
– Me iré. Pero quiero saber cómo se encuentra. Me llamo Wallander y soy policía. Policía criminalista -explicó sin saber si eso cambiaba las cosas-. Soy el que lleva la investigación y debo buscar a quienes lo han hecho. ¿Cómo está?
– Es increíble que todavía viva -contestó el médico, señalándole con la cabeza que le siguiera hasta la cama-. Todavía no sabemos qué está roto y dañado dentro de ella. Primero tenemos que saber si va a sobrevivir. Pero la tráquea está muy deformada. Como si alguien hubiera intentado estrangularla.
– Eso fue precisamente lo que pasó -dijo Kurt Wallander mirando la cara delgada que se dejaba ver entre las sábanas y los tubos.
– Debería estar muerta -continuó el médico.
– Espero que sobreviva -dijo Kurt Wallander-. Es el único testigo que tenemos.
– Nosotros esperamos que todos nuestros pacientes sobrevivan -contestó el médico secamente, estudiando una pantalla donde las líneas verdes hacían movimientos oscilatorios sin cesar.
Kurt Wallander dejó la habitación después de que el médico dijera que no podía aclarar nada. El desenlace era imprevisible. Maria Lövgren podía fallecer sin recuperar la conciencia. Era imposible saber lo que ocurriría.
– ¿Sabes leer los labios? -le preguntó a Martinson.
– No -contestó el muchacho, sorprendido.
– Lástima -dijo Wallander y salió.
Desde el hospital se dirigió en coche directamente al edificio pardo de la comisaría que estaba en la salida este de la ciudad.
Se sentó ante su escritorio y miró por la ventana hacia el viejo depósito rojo de agua.
«Quizás haga falta otro tipo de policías», pensó. «¿Policías que no se impresionen cuando en una madrugada de enero estén obligados a entrar en un matadero humano en la campiña sureña de Suecia? ¿Policías que no sufran mi inseguridad y angustia?»
El teléfono interrumpió sus pensamientos.
«El hospital», pensó rápidamente.
«Ahora llaman para comunicarme que Maria Lövgren ha muerto.
