
– ¿Pasar a quién?
Näslund miró su reloj.
– Son las nueve -contestó-. Ayer dijiste que querías a Klas Månson sobre esta hora para interrogarle.
– ¿Qué Klas Månson?
Näslund lo miró con curiosidad.
– El que atracó la tienda en la autovía Österleden. ¿Te has olvidado de él?
De pronto se dio cuenta de que Näslund, obviamente, no sabía nada del asesinato cometido durante la noche.
– Debes ocuparte de Månson -dijo-. Anoche hubo un asesinato en Lenarp. Es posible que sea un doble asesinato. Un matrimonio de ancianos. Debes ocuparte de Månson. Mejor pospón la entrevista. Tenemos que organizar la investigación de Lenarp antes que nada.
– El abogado de Månson ya ha llegado -dijo Näslund-. Si le envío a casa montará un número de cojones.
– Haz un interrogatorio preliminar -ordenó Kurt Wallander-. Si a pesar de todo el abogado empieza a gritar, no podremos hacer nada. Avisa que hay reunión en mi despacho a las diez. Tienen que venir todos.
De pronto estaba en marcha. Volvía a ser policía. La angustia que sentía por su hija y su esposa tendría que esperar. En aquel momento empezaba la laboriosa tarea de cazar al asesino.
Se deshizo de un montón de papeles del escritorio, rompió una quiniela que nunca tendría tiempo de rellenar, fue al comedor y se sirvió una taza de café.
A las diez estaban todos reunidos en su despacho. Rydberg había ido desde el lugar del crimen y estaba sentado en una silla de madera cerca de la ventana. Siete policías, unos de pie otros sentados, llenaban la habitación. Wallander llamó al hospital y se enteró de que la situación de la anciana era crítica, sin novedades.
Luego se puso a dar detalles sobre lo que había pasado.
– Fue peor de lo que podéis imaginaron -empezó-. ¿O qué dices tú, Rydberg?
– Exacto -contestó Rydberg-. Como en una película americana. Hasta olía a sangre. No suele ocurrir.
– Tenemos que capturar a los que lo han hecho -siguió Kurt Wallander-. No podemos dejar sueltos a desquiciados de esa calaña.
