Nunca superó el susto. La relación entre él y Linda se rompió. Ella se apartaba y él no lograba entender qué la había llevado al intento de suicidio. Dejó el colegio, aceptaba diferentes trabajos temporales y de pronto desaparecía durante largos periodos. En dos ocasiones su esposa le había obligado a denunciar su desaparición. Los demás policías habían visto su dolor cuando Linda era el objeto de su investigación. Pero ella volvía a aparecer y por sus bolsillos y pasaporte descubrían sus viajes.

«Coño», pensó. «¿Por qué no te quedas? ¿Por qué cambias de idea?»

El teléfono sonó otra vez, cogió el auricular compulsivamente.

– Es papá -dijo sin pensar.

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó su padre al otro lado de la línea-. ¿Qué quieres decir contestando «es papá»? Pensaba que eras policía.

– No tengo tiempo de hablar contigo ahora. ¿Puedo llamarte más tarde?

– No, no puedes. ¿Qué es eso tan importante?

– Ha ocurrido algo grave esta mañana. Te llamo luego.

– ¿Qué ha pasado?

Su anciano padre lo llamaba casi cada día. En varias ocasiones había dado órdenes a la telefonista de no pasar sus llamadas. Pero su truco fue descubierto y empezó a dar otros nombres y a cambiar la voz para tomarles el pelo a las telefonistas.

Kurt Wallander sólo vio una posible escapatoria.

– Iré a verte esta tarde -dijo-. Entonces podremos hablar.

Su padre se dejó convencer a regañadientes.

– Ven a las siete. Tendré tiempo para recibirte.

– Iré a las siete. Hasta luego.

Colgó y bloqueó el teléfono para no recibir llamadas. Rápidamente pensó en tomar el coche y bajar hasta la estación a buscar a su hija. Hablar con ella, intentar resucitar la relación que tan enigmáticamente se había perdido. Pero sabía que no lo haría. No quería arriesgarse a que su hija se fuera corriendo para siempre.

La puerta se abrió y asomó la cabeza de Näslund.

– Hola -dijo-. ¿Lo hago pasar?



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