
Cuando va hacia la ventana por el suelo de madera, siente dolor en la rodilla izquierda.
«Estoy viejo», piensa. «Viejo y gastado. Todas las mañanas al despertarme me sorprende constatar que ya tengo setenta años.»
Contempla la noche invernal. Es el 8 de enero de 1990 y aún no ha nevado en Escania. La lámpara exterior de la puerta de la cocina vierte su luminosidad en el jardín, sobre el castaño sin hojas y los campos lejanos. Con los ojos entornados mira hacia la granja de sus vecinos, los Lövgren. La casa blanca, baja y alargada está a oscuras. En la cuadra, situada perpendicularmente a la vivienda, hay una tenue luz amarilla encima de la puerta negra. Allí está la yegua en su box y allí, por las noches, inesperadamente, suele relinchar de angustia.
Escucha en la oscuridad. Detrás de él, la cama rechina.
– ¿Qué haces? -murmura su esposa.
– Duerme, duerme -le contesta-. Estoy estirando un poco las piernas.
– ¿Te duelen?
– No.
– ¡Pues duerme! No vaya a ser que te resfríes.
Oye cómo su mujer se da la vuelta en la cama.
«Una vez nos amamos», piensa. Pero rehuye su propio pensamiento. «Es una palabra demasiado bonita. Amar. No es para gente como nosotros. Un hombre que ha sido granjero durante más de cuarenta años y que se ha doblegado sobre el espeso barro de Escania no usa la palabra amar cuando habla de su esposa. En nuestra vida el amor ha sido algo muy distinto…»
Observa la casa de sus vecinos, aguza la vista, intenta atravesar la oscuridad de la noche invernal.
«Relincha», piensa. «Relincha en tu box para que sepa que todo está como de costumbre. Para que pueda meterme bajo el edredón un ratito más. El día de un granjero jubilado y baldado ya es bastante largo y aburrido.»
De pronto descubre que se ha quedado mirando la ventana de la cocina de sus vecinos. Nota algo diferente. A lo largo de todos estos años ha echado de vez en cuando una mirada a esa ventana y ahora hay algo que de repente parece distinto. ¿O es la oscuridad lo que lo confunde? Cierra los ojos y cuenta hasta veinte para descansar la vista. Después mira la ventana otra vez y está seguro de que está abierta. Esa ventana siempre ha estado cerrada por las noches. Y la yegua no ha relinchado…
