La yegua no ha relinchado. El viejo Lövgren no ha dado su habitual paseo nocturno hasta la cuadra, cuando la próstata se deja sentir y lo saca del calor de la cama…

«Son imaginaciones mías», se dice. «Veo borroso. Todo está igual. ¿Qué podría ocurrir aquí, en este pequeño pueblo de Lenarp, un poco al norte de Kadesjö, camino del precioso lago de Krageholm, en el corazón de Escania? Aquí no pasa nada. El tiempo se ha parado en este pequeño pueblo, donde la vida fluye como un riachuelo sin energía ni voluntad. Sólo hay unos cuantos granjeros viejos que han vendido o arrendado sus tierras a otros. Aquí vivimos a la espera de lo inevitable…»

Vuelve a mirar hacia la ventana de la cocina y piensa que ni Maria ni Johannes Lövgren se olvidarían de cerrarla. Con la edad, el temor se mete en el cuerpo y cada vez se ponen más cerraduras; nadie olvida cerrar una ventana antes de que caiga la noche. Envejecer es preocuparse. Los temores de la infancia vuelven cuando uno se hace mayor…

«Puedo vestirme y salir», piensa. «Ir cojeando por el jardín, con el aire invernal en la cara, hasta la cerca que separa nuestros terrenos. Puedo comprobar con mis propios ojos que veo fantasmas.»

Pero decide quedarse. Johannes pronto se levantará de la cama para hacer el café. Primero encenderá la luz del baño, luego la de la cocina. Todo transcurrirá como de costumbre…

Está al lado de la ventana y se da cuenta de que tiene frío. El frío de la vejez que se acerca sigilosamente, incluso en las habitaciones más calientes. Piensa en Maria y Johannes. «Con ellos también hemos vivido un matrimonio», piensa, «como vecinos y agricultores. Nos hemos ayudado mutuamente, hemos compartido los problemas y los años malos. Pero también la buena vida. Juntos hemos celebrado la fiesta de San Juan y la cena de Navidad. Nuestros hijos han corrido de una casa a la otra como si perteneciesen a ambas. Y ahora compartimos la interminable vejez…»



3 из 252