
El periodista, que era muy joven y llevaba unas gafas de cristales gruesos, se abrió paso a través de la sala. Kurt Wallander no lo había visto antes.
– Sólo quiero decir: hoy en Suecia ya nadie se preocupa por las personas mayores.
– Nosotros sí -contestó Kurt Wallander-. Haremos todo lo que podamos para atrapar a los autores. En Escania viven muchas personas mayores en granjas solitarias. Pueden estar seguros de que haremos todo lo que esté en nuestras manos. -Se levantó-. Les informaremos cuando tengamos más que contar -dijo-. Gracias por venir.
La chica de la radio local bloqueó su camino cuando iba a salir de la sala.
– No tengo nada más que decir -protestó.
– Conozco a tu hija Linda -dijo la chica.
Kurt Wallander se quedó parado.
– ¿Ah sí? -preguntó-. ¿Cómo es eso?
– Nos hemos visto algunas veces. Aquí y allá.
Kurt Wallander intentó pensar si la reconocía. ¿Habían sido compañeras de clase?
Ella negaba con la cabeza como si hubiera leído sus pensamientos.
– Tú y yo no nos hemos visto nunca -dijo-. No me conoces. Linda y yo nos conocimos en Malmö.
– Ajá -dijo Wallander-. Qué bien.
– Me gusta mucho. ¿Puedo hacerte más preguntas?
Kurt Wallander repitió lo que había dicho por el micrófono. Lo que le habría gustado era hablar sobre Linda, pero no tenía ocasión.
– Dale recuerdos -se despidió la chica al recoger su grabadora-. Dale recuerdos de Cathrin. O Cattis.
– Lo haré -dijo Kurt Wallander-. Lo prometo.
Al volver a su despacho sintió un dolor en el estómago. Pero ¿era de hambre o de angustia?
«Tengo que parar», pensó. «Tengo que asumir que mi mujer me ha dejado. Tengo que admitir que no puedo hacer mucho salvo esperar a que Linda me venga a ver por iniciativa propia. Tengo que aceptar que la vida es como es…»
Un poco antes de las seis los policías se reunieron otra vez. Nada nuevo en el hospital. Kurt Wallander organizó rápidamente unos turnos para la noche.
