Abre la ventana sin saber por qué, con sigilo. No quiere despertar a Hanna. Aguanta con fuerza el gancho de la ventana para que el viento helado no se lo arranque de la mano. Pero todo está muy quieto y él recuerda que el servicio meteorológico de la radio no ha dicho que se esté acercando un temporal a la llanura de Escania.

El cielo se ve estrellado y límpido y hace mucho frío. Está a punto de cerrar la ventana otra vez cuando le parece oír algo. Presta atención y se da la vuelta de modo que la oreja izquierda quede hacia fuera. El oído bueno, no el derecho, que está dañado por todo el tiempo pasado entre tractores sofocantes y ruidosos.

«Un pájaro», piensa. «Un pájaro nocturno que chilla.» Después se asusta. La angustia aparece como surgida de la nada, y lo invade.

Parece que alguien grita. De forma desesperada, para que lo oigan otras personas.

Una voz que sabe que debe atravesar gruesos muros de piedra para llegar hasta sus vecinos…

«Son imaginaciones mías», piensa otra vez. «Nadie grita. ¿Quién habría de hacerlo?»

Cierra la ventana con tanta fuerza que una de las macetas cae y Hanna se despierta.

– ¿Qué estás haciendo? -pregunta con voz irritada.

Cuando va a contestar, tiene la certeza de que algo ha ocurrido.

El miedo es verdadero.

– La yegua no relincha -dice mientras se sienta en el borde de la cama-. Y en casa de los Lövgren la ventana de la cocina está abierta. Alguien está gritando.

Ella se incorpora en la cama.

– ¿Qué dices?

Él no quiere contestar, pero lo que ha oído no es ningún pájaro, de eso está seguro.



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