
Y, sobre todo, la sacaba de quicio pensar que le estaba ocultando algo.
«Decidido», pensó, aplastando la colilla en el cenicero. Iba a entrar en las excavaciones y descubrir qué escondía Sideris.
Rena subió las escaleras que serpenteaban entre los apartamentos colgados sobre el acantilado, ciento cincuenta peldaños de dimensiones irregulares que quemaban las piernas de cualquiera. Al llegar arriba, respiró hondo y se masajeó los muslos. Tras un breve descanso, cruzó la carretera, entró en su coche y arrancó.
Por el camino se cruzó con dos motoristas que no llevaban casco; lo habitual entre los lugareños, incluso en pleno invierno. Como solía ocurrirle, se sintió un poco culpable por haber alquilado un coche en lugar de una moto. Iris Gudrundóttir, la joven islandesa miembro del equipo de vulcanología, solía reprocharle:
– ¿No te parece absurdo usar una máquina que pesa más de una tonelada para transportar a una persona que no llega a sesenta kilos?
Rena ya no se veía con edad para acostumbrarse a conducir una moto. Además, con el viento que solía soplar en la isla, temía que cualquier racha la arrojara por un acantilado. Al menos, el coche que llevaba era eléctrico, tan silencioso que el ruido del aire en el exterior ahogaba el zumbido de su motor.
Cuando llegó al primer cruce, Rena tomó el camino de la derecha. Al cabo de un rato, la carretera se apartó de los acantilados y empezó a descender hacia la costa sur por un valle recubierto de capas de ceniza volcánica en las que la erosión había trazado diseños tan caprichosos como los dedos de un niño en la arena de la playa.
Cuando llegó a las excavaciones, Alex, el guardia que estaba de turno aquella noche, dejó la videoconsola y salió de la caseta.
Rena lo había calculado bien. Alex se llevaba bien con ella y, sobre todo, no soportaba a Sideris a raíz de una bronca que le había echado delante de veinte personas.
