
«Sideris ya había visto esto cuando nos hicieron la entrevista», pensó. Por eso había insistido tanto en el asunto de los sacrificios humanos. ¿Qué más información privilegiada guardaba el endiosado director?
Rena se acercó a la pared norte, la última que le quedaba, listaba cubierta prácticamente del suelo al techo por una gran escena mural que representaba dos poblaciones.
En la ciudad que se encontraba en la parte inferior del fresco había unas veinte casas de colores ocres y azulados. Los vecinos del lugar miraban hacia la izquierda, por donde llegaba un barco que, aparentemente, procedía de la ciudad representada en el primer fresco que había examinado.
Junto a las casas había otros cuatro signos de lineal A. Rena los leyó uno por uno.
– Qwe… ra… ke… mi-después volvió a acercarse a la pared oeste y alumbró los símbolos que había leído antes-. A… ta… na… ke… mi.
Si prescindía de los dos últimos símbolos, que eran iguales, le quedaban dos palabras: Qwera y Atana.
– Un momento -susurró, volviendo a la pared norte y a la población pintada en su parte inferior. Qwera era la forma antigua del nombre de…
– ¡Tera!
Aquella ciudad tenía que ser la propia Akrotiri, en cuyos subterráneos se encontraba ahora mismo. Por lo tanto, Atana no podía ser otra que Atenas. Y Kemi debía significar «ciudad».
A-ta-na-ke-mi, «la ciudad de Atenas». Qe-ra-ke-mi, «la ciudad de Tera».
Las pulsaciones de Rena volvieron a acelerarse. Los barcos que partían de Atenas en dirección a Tera llevaban a bordo a jóvenes desnudos. Sin duda, se trataba de las mismas víctimas que se sacrificaban ante la Gran Diosa en el fresco que tenía a su derecha.
Pensó en el mito del Minotauro. Cada cierto tiempo, los atenienses enviaban a catorce jóvenes de ambos sexos para ser sacrificados en el Laberinto de Creta. Siempre se había pensado que aquella leyenda obedecía a una razón histórica: hacia el año 1500 antes de Cristo, los minoicos de Creta dominaban todo el Egeo, y las islas y ciudades ribereñas se veían obligados a mandar tributos al palacio de Cnosos, un edificio tan grande y de planta tan enrevesada que había inspirado la leyenda del Laberinto.
