Pero, según el fresco, el lugar donde los atenienses enviaban a aquellos infortunados jóvenes no era Cnosos, sino la isla de Tera. De ser así, el centro del imperio marítimo del fabuloso rey Minos no se hallaba en Creta, sino en Santorini. Un descubrimiento de tal calibre obligaría a modificar los manuales de historia antigua y a reinterpretar muchos mitos.

«En mi opinión, Santorini era el verdadero corazón de la civilización minoica», había dicho Sideris en la entrevista. ¿En su opinión? El viejo granuja tenía pruebas, y las había ocultado. ¿Qué más sorpresas escondía aquel fresco?

El haz de la linterna trepó poco a poco por la pared, buscando nuevos detalles. Sobre las casas de la ciudad se veía una cinta azul, una circunferencia de agua que debía representar la bahía central de Santorini.

En medio de la bahía se levantaba una gran montaña. De su cumbre brotaban dos penachos negros que se retorcían en volutas: gases volcánicos. Pero lo que más le llamó la atención fueron las construcciones que se alzaban bajo la cima de aquel volcán.

Allí había otra ciudad.

«Estoy convencido de que en las laderas de ese volcán había otra ciudad mucho mayor que Akrotiri, y que era la auténtica capital de la isla».

Sideris había jugado sobre seguro en aquella entrevista. Si todo le salía bien, los titulares hablarían de LA PRODIGIOSA INTUICIÓN DE UN VETERANO ARQUEÓLOGO.

«Ya procuraré yo que le retiren incluso la licencia para excavar», pensó Rena. El engaño de Sideris la enfurecía, pero el asombro y el deleite ante lo que estaba descubriendo superaban su indignación.



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