
Bajo la cima del volcán se veía un edificio de forma triangular -¿una pirámide?- coronado por una cúpula amarilla. Rena jamás había visto una cúpula en el arte minoico, pero aquélla era sólo una sorpresa más entre las maravillas que estaba encontrando.
Sobre el tejado del edificio, justo bajo la cúpula, había un hombre y una mujer. Ella vestía una falda y un corpiño que mostraba sus pechos, y parecía una versión a escala reducida de la diosa que recibía el corazón sangrante en la pared de la derecha.
En cuanto al hombre, llevaba sobre la cabeza unos cuernos de toro. ¿Sería el auténtico rey Minos? ¿Explicarían aquellos cuernos la leyenda del Minotauro?
Pero Minos reinó en Creta. Al menos, según la tradición. ¿Y si la tradición se equivocaba?
Al pie de la pirámide, los jóvenes prisioneros que venían de Atenas se acercaban en dos hileras, desnudos y con las cabezas cubiertas por capuchas. ¿Era allí donde les arrancaban el corazón?
«¿Qué mejor lugar para ofrecer un sacrificio a la Gran Diosa Tierra que junto al cráter de un volcán?», pensó Rena.
A unos centímetros de la cúpula se veían otros ocho signos de Lineal A, esta vez trazados en azul sobre el ocre del volcán. Rena se acercó a menos de un palmo y los alumbró. No recordaba cómo se leía el cuarto. Cerró los ojos y se concentró en visualizar la tabla de silabogramas.
Na. ¿Na? Sí, sin duda era «na».
Volvió a abrir los ojos y leyó muy despacio.
– A… ta… ra… na… ti… da… ke… mi. La ciudad de Ataranatida.
Aquellos silabogramas sólo tenían una pronunciación posible.
Conteniendo la respiración, Rena alumbró de nuevo la cúpula amarilla y recordó una palabra que aparecía en un diálogo de Platón. Oricalco. El «bronce de la montaña», un metal dorado que sólo se encontraba en…
– La Atlántida -dijo una voz a sus espaldas.
Rena se volvió. Sin que ella lo oyera, alguien había entrado en la cripta.
