Me va a dar un infarto», pensó.

Sin embargo, no podía dejar de correr. Salió a la calle de los Caldereros y giró hacia el sur, buscando la salida de las excavaciones.

– ¡Alto!

La orden taladró su nuca y sus riñones como un clavo. Rena se frenó en seco y se dio la vuelta. El hombre de los cuernos de toro, que había salido ya del sótano, avanzó hacia ella con la antorcha en la mano, pero se detuvo a unos pasos.

Rena apoyó las manos sobre las rodillas y trató de recuperar el aliento. Le fue imposible. El miedo que le infundía aquel hombre era algo animal, visceral, y le impedía respirar más que unas breves bocanadas de aire que apenas llenaban sus pulmones.

Lejos de ralentizarse, sus pulsaciones se dispararon. Al mismo tiempo que una nueva oleada de miedo encogía sus tripas, Rena sintió cómo un puño helado entraba en su pecho y le estrujaba el corazón. El dolor era tan insoportable que Rena cayó de rodillas al suelo.

«Es imposible. No se puede morir de miedo», se dijo.

Fue su último pensamiento.

SEGUNDA PARTE

SÁBADO

Capítulo 5

España, Málaga.

Gabriel Espada. Investigador de lo oculto.

Sentado en una cafetería de la estación de tren, Gabriel miró la tarjeta negra, la última que le quedaba, y la hizo pedacitos.

Hoy cumplía cuarenta y cinco años. Un buen día para empezar a librarse de su pasado.

Según las estadísticas, y teniendo en cuenta que no fumaba, no tenía sobrepeso y solía hacer deporte -a cambio, había días, y sobre todo noches, en que bebía más de la cuenta-, Gabriel estaba justo a la mitad de su vida. Así se lo había confirmado la web www.howmanyyearsoflife.com



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