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– Muy simpática, Elena. Yo también te quiero. Necesito que me busques clientas.
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– No, no te pases. Dos por noche como mucho. Cansa más de lo que crees.
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– Sí, esta misma tardenoche podría.
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– Vale, luego hablamos.
«Si mi padre me viera…». Era un pensamiento que le asaltaba muy a menudo. Su madre también estaba muerta -un derrame cerebral en la última noche de Reyes-, pero Gabriel no sentía su presencia como la de un ángel guardián o un superyó freudiano, cosa que sí le ocurría con su padre.
Don Hernán Espada, profesor de Física y director de instituto. Un hombre que, hasta que enfermó de cáncer, no había faltado jamás a clase, ni siquiera cuando nacieron sus hijos Gabriel y Natalia. Que nunca había comprado nada a plazos. A quien nadie en su vida vio borracho ni tan siquiera achispado. Que nunca había llamado a un fontanero, a un pintor o a un electricista, porque para eso, como decía él, tenía dos manos y un cerebro. Un hombre modélico, en suma. Al parecer, sólo había hecho algo mal en su vida.
Tener un hijo como él. C había resumido su existencia en una sola palabra.
Fraude.
Su padre había muerto cuando Gabriel estaba en la primera de las tres facultades por las que había pasado -Psicología, Historia y Periodismo-. Así pues, no había presenciado cómo no llegaba a licenciarse ni en Psicología ni en Histona ni en Periodismo. Tampoco había llegado a ver publicados los libros de su hijo, pero seguramente no se habría sentido orgulloso de ellos.
Su primera novela, Crisálidas de la galaxia, era un proyecto que arrastraba desde el instituto y que terminó poco después de casarse. La segunda, Sembradores de cometas, le Llevó otros cuatro años. Ambas eran obras muy ambiciosas sobre universos completos y coherentes, en las que hacía profundas especulaciones sociológicas. Habían supuesto un enorme trabajo y las críticas especializadas fueron excelentes. De la primera, Crisálidas, llegó a vender en total 417 ejemplares. Sembradores había tenido algo más de éxito y había rozado la barrera de los mil. Por la parte de abajo.
