Un gato. Gabriel Espada le recordaba en cierto modo a ese animal. Medía casi uno noventa y, por lo delgado y zanquilargo, uno se esperaba que se moviera con desgarbo. Sin embargo, sus ademanes poseían la flexibilidad casi sinuosa de un felino.

– Qué bonita se ve la luna -dijo C, buscando una excusa para apartar la mirada de él.

– Sí.

– ¿Te has desvelado?

– Eso parece.

– ¿Has soñado algo raro?

El entornó los ojos, como si tratara de recordar algo. La chica aprovechó para mirarlo de reojo otra vez y contemplar su perfil.

No podía decirse que Gabriel Espada fuera guapo. Sus rasgos eran duros y afilados, tenía la frente muy alta, la nariz larga y la boca y los dientes demasiado grandes, por no hablar de las arrugas de edad y expresión que no se molestaba en retocar con inyecciones cosméticas. Pero el conjunto orbitando alrededor de aquellos ojos de fósforo, poseía una extraña armonía que había fascinado a C.

En opinión de C, uno de los detalles que convertía en atractivo a Gabriel era que no parecía consciente de serlo. No se preocupaba demasiado por su imagen ni se complicaba vistiendo. Téjanos sin marca y camisetas de grupos prehistóricos, ionio Metallica o un tal Jethro Tull. Una cazadora vaquera envejecida por el uso, no de fábrica.

Y nunca se entretenía delante de los espejos. Incluso parecía huir de ellos como un vampiro.

– Ha sido algo muy raro -dijo Gabriel.

Había pasado tanto rato que ella casi se había olvidado de la pregunta. «El sueño», recordó.

– Pues cuéntamelo.

El volvió a entornar los ojos. Después meneó la cabeza.

– Era inquietante. Sentía como si algo hubiera penetrado en mi cerebro.

– ¿Una especie de posesión?

Gabriel se quedó pensativo antes de responder.



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