Se trataba de una vida muy interesante comparada con la que llevaban -o con la que C suponía que llevaban- otros cuarentones o cincuentones que conocía. Por eso no entendía la amargura de su sonrisa ni la tristeza de sus ojos.

«Tarde o temprano conseguiré que se le borre».

Tenía un recurso infalible. C sabía que estaba buena y, además, se le daba bien el sexo. Gabriel nunca se resistía a su cuerpo. Usándolo, C pretendía conquistar su alma.

«El amor siempre vence», se dijo. Lo había oído en tantas series y películas que para ella se había convertido en una verdad científica.

– ¿Volvemos a la cama? -preguntó, abrazándolo por la cintura y restregándose los pechos contra su brazo.

El titubeó un instante.

– Sí, claro.

Se acariciaron un rato, pero no llegaron a hacer el amor. C, que tenía el sueño fácil, se quedó dormida enseguida sobre el hombro de él. Su última imagen fue la de Gabriel mirando al techo, con la mano izquierda tras la nuca y los ojos fosforescentes clavados en el techo.

A C no le quedaría más remedio que atesorar esa imagen. Cuando volvió a despertarse a las nueve de la mañana, ni Gabriel ni su vieja bolsa de viaje estaban allí.


* * * * *

El supuesto investigador de lo oculto había huido siguiendo el impulso de estampida de su sueño. Vuela lejos. Sobrevive. De haber sabido que su huida a Madrid lo llevaría a encontrarse con dos mujeres que iban a arrastrarlo hasta la fuente de la que emanaba aquel sueño aterrador, tal vez Gabriel habría tomado un tren o un avión a cualquier otro lugar.

Capítulo 2

Italia, Pozzuoli (cerca de Nápoles)



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