

Jacquie D’Alessandro
Atracción instantánea
Prólogo
Lexie Webster paseó la mirada por la amplia colección de bolsos del expositor de la tienda y suspiró.
– Darla, no necesito un bolso nuevo.
– Por supuesto que no -concedió Darla mientras tiraba de ella hacia los expositores donde se encontraban los bolsos de marca-. Pero yo sí. Lo que tú necesitas es sexo, y punto.
El vendedor las miró, y Lexie miró a su amiga de manera significativa.
– No, lo que necesito es volver al complejo. Tengo trabajo.
– Hoy es domingo -dijo Darla mientras inspeccionaba un bolso de cuero marrón-. Tu día libre.
– Tengo que dar una clase de buceo privada a las tres de la tarde.
Carla dejó el bolso, se cruzó de brazos y la miró.
– Ese es exactamente el problema, Lex -le dijo Darla-. Estás trabajando mucho. Necesitas tomarte un rato libre.
– Tú has trabajado hoy -señaló Lexie.
– Soy agente inmobiliario, Lex. Nosotros trabajamos los domingos. Excepto cuando tenemos que mantener una conversación seria con nuestra mejor amiga. Entonces nos vamos de compras y charlamos.
– Mira, Darla, sé que tu intención es buena, pero…
– No hay «pero» que valgan. Tómatelo como una ayuda -dijo Darla mientras alzaba la barbilla con obstinación.
Con aquel brillo de perseverancia en sus ojos verdes, a Lexie le recordó a Xena, la Princesa Guerrera, o al menos a Xena con el cabello rojizo y vestida de Ralph Laurel, como iba su amiga en ese momento.
– Este es el trato, Lex. No pienso dejar que salgamos de aquí hasta que te quede claro.
– Estupendo.
Darla le agarró la mano y la miró con preocupación.
– Lexie, estoy preocupada por ti. Te estás matando a trabajar.
– Estoy haciendo horas extras porque en esta la época del año es cuando hay más trabajo en el complejo. Tengo que aceptar el trabajo extra cuando llega. Tú sabes que necesito el dinero. Cuando salga al mercado ese terreno para el que estoy ahorrando, necesitaré todo el dinero que pueda para adquirirlo
