
Lexie se obligó a no mirarle el hoyuelo que le había salido en una mejilla, del cual solo podría decirse que era de lo más sexy.
– Sí, soy Lexie Webster -le dijo, sonriéndole-. ¿En qué puedo ayudarlo, señor…?
Instantáneamente le tendió la mano. -Maynard. Josh Maynard. Me gustaría apuntarme a sus clases.
Un cosquilleo le recorrió el brazo cuando le estrechó la mano grande y callosa. Tenía un modo de dar la mano muy agradable. Ni flojo ni fuerte.
– ¿Es usted un huésped del complejo, señor Maynard? -le preguntó, como si acabara de verlo, como si no llevara mirándolo un buen rato.
– Sí señorita. Acabo de registrarme y estoy deseoso de empezar. Y, por favor, llámeme Josh.
No recordaba la última vez que alguien de más de doce años la había llamado «señorita». -¿Qué clases te interesan dar, Josh? -Todas.
– ¿Todas? Ofrecemos casi dos docenas -le sonrió-. Eso no te dejará demasiado tiempo para disfrutar de tus vacaciones y relajarte.
– No estoy aquí para relajarme. Estoy aquí para aprender.
– Entiendo -frunció los labios-. En ese caso me aseguraré de que te apunto también en las clases de cestería con hojas de palma.
Frunció el ceño y colocó los brazos en jarras. Lexie bajó la vista sin poderlo remediar. Sus dedos largos se extendían sobre sus caderas, apuntando hacia su entrepierna. Se aclaró la voz y alzó instantáneamente la cabeza. Santo Cielo, se estaba convirtiendo en una pervertida. Cualquiera pensaría que era un ninfómana hambrienta de sexo que jamás había visto un vaquero macizo y atractivo con un hoyuelo precioso en la mejilla.
Pero una voz en su interior le dijo que sin duda estaba ávida de sexo, y que jamás había visto un hombre tan impresionante como Josh Maynard. -Creo que esa es una de las que me podré saltar
