Se cruzó con una pareja que paseaba de la mano; entonces cruzó un puente de madera y vio a otra pareja besándose sobre la arena, sus siluetas recortadas a la luz de la luna. Se dio cuenta de cómo aquel entorno, con la potente combinación del océano, el aire salado, las palmeras y la necesidad de utilizar tan poca ropa, podría conseguir fácilmente que cualquiera pensara en el romance.

Pero él no. No señor. En su agenda no había hueco para hacer manilas. En realidad, ese tipo de cosas era en lo que menos estaba pensando. En ese momento estaba completamente concentrado en la piscina y la clase que estaba a punto de dar.

Durante el paseo que había dado después de la cena, había descubierto que era la primera vez que veía una piscina como la del complejo. Se trataba más de una serie de piscinas que arrancaban de la piscina principal, y todas ellas comunicadas por túneles. Uno podía flotar o nadar de una piscina a otra por los túneles, o refrescarse en una de las cascadas que caían desde las formaciones rocosas. En uno de los extremos había un bar al que se llegaba nadando, y detrás de una enorme formación rocosa había tres bañeras de hidromasaje de donde emergía una nube de vapor. Y él que siempre había creído que había piscinas rectangulares y ovaladas nada más…

Miró a su alrededor y vio que la piscina estaba desierta. Menos mal. No le apetecía tener público, y menos en su primera lección.

Estaba a punto de dejar la toalla sobre una hamaca cuando un chapoteo le llamó la atención. Al volverse en dirección al ruido, se quedó petrificado. Una figura femenina emergía de la piscina, lentamente, del lado por donde menos cubría. Surgió de aquel agua color azul cristalino como una resplandeciente ninfa acuática, y de pronto supo lo que debía de haber sentido Ulises cuando había divisado a esas sirenas.

Ella salvó el último escalón de la escalerilla y se quedó de perfil a él, en el borde de la piscina. Por su piel descendían lentamente las gotas de agua, que Josh siguió con la mirada hasta que estuvo a punto de marearse. Tenía más curvas que una carretera de montaña. Curvas que quedaron más de relieve cuando estiró los brazos por encima de la cabeza para alisarse la melena corta.



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