
Sacudió la cabeza para disipar la neblina de deseo que le obnubilaba el cerebro y resopló con enfado. ¿Qué demonios le ocurría? Solo era una chica en traje de baño. Ni siquiera llevaba bikini. Había visto docenas de mujeres con mucho menos encima…
– ¿Eres tú, Josh? -dijo una voz familiar de mujer.
Josh pegó un respingo. Aquella voz salía exactamente de donde estaba la ninfa acuática. Y eso solo podía significar una cosa. Su instructora de natación, la señorita Lexie Webster, no era otra que la escultural diosa de la piscina.
Se obligó a abrir los ojos y la observó mientras se acercaba a él. Se movía con la misma gracia y fluidez en la que había reparado esa tarde, solo que resultaba más fácil ver aquella gracia en todo su esplendor en ese momento que no llevaba puestos los pantalones cortos y la camiseta.
A pesar de decirse a sí mismo que debía avanzar, parecía que se había quedado pegado al suelo.
Cuando ella llegó donde estaba él, lo saludó con una sonrisa amigable.
– ¿Listo para tu lección?
Seguramente asentiría, pero no estaba seguro. Esa tarde le había parecido atractiva, pero en ese momento, sin la gorra de béisbol y las gafas de sol, solo se le ocurría una palabra: «¡Caramba!». Como había poca luz no sabía de qué color tenía los ojos, pero sin duda solo podían ser azul pálido o verde pálido. Pero fueran de uno o de otro color, lo que estaba claro era que tenía unos ojos muy grandes y expresivos, y unas pestañas largas y húmedas. Se fijó en su bonita nariz, cubierta de unas pocas pecas, y por último le miró la boca.
El mismo diablo debía de haber diseñado aquella boca que era el pecado personificado. Y esos dos hoyuelos que se formaban a los lados de aquellos labios debían de estar prohibidos. Se plantó delante de él, húmeda y brillante, casi desnuda… y él tragó saliva en un esfuerzo de humedecer su garganta seca.
