– Sí, con respecto a la natación… -empezó a decirle en el mismo tono serio que había perfeccionado con cientos de alumnos de natación adolescentes.

El la miró con seriedad y se acarició la barbilla.

– Me temo que no tengo mucha experiencia. ¿Sabes? cuando era niño ocurrió un incidente…

Lo que ella había sospechado, pensaba Lexie con comprensión.

– ¿Estuviste a punto de ahogarte? -le preguntó en tono suave.

– No, señorita. Me mordió una serpiente -hizo una pausa antes de continuar-. Estábamos visitando a mi tío, que vive en el sur de Texas. Yo estaba metido en un riachuelo de agua turbia, que me llegaba por aquí -indicó sus caderas-. Agarré un tronco de árbol que flotaba por allí; no sé por qué lo hice, solo porque lo vi pasar. Desgraciadamente, no vi la serpiente venenosa que nadaba junto al tronco, pero ella a mí sí. Y me lo hizo saber. -¡Una serpiente venenosa!

– Desde luego. Por suerte para mí, el hospital estaba muy cerca, y me tocó un médico con experiencia en mordeduras de serpiente -sonrió tímidamente-. Al final había sido solo un mordisco defensivo que no me inyectó veneno. Me recuperé bien, pero me temo que ese tipo de experiencia me mantuvo alejado de ríos, lagos, riachuelos, etc., y por eso no aprendí a nadar.

– Lo entiendo. ¿Qué edad tenías? -Seis años. Y debo decir que aunque no tengo ninguna gana de nadar en agua dulce, no me importa hacerlo en el océano o en una piscina. En cuanto aprenda, claro está.

Aquel seguramente no era el mejor momento para informarlo de que el océano estaba poblado por criaturas más peligrosas que las serpientes. -Siento que te ocurriera algo tan traumático. -Muchas gracias. Desde luego es mucho más agradable que los comentarios que estoy acostumbrado a escuchar de los chicos -sacudió la cabeza-. No hay nada peor que un grupo de vaqueros contando historias de serpientes y que tengas que reconocer que te ha mordido una en el trasero. Qué vergüenza.



20 из 123