Flexionó los dedos y decidió dejar esos pensamientos. Tenía que parar de comportarse como una adolescente, y empezar a actuar como la profesional que era. Durante la siguiente hora, él era un cliente, y ella necesitaba el dinero. Punto. Después de eso… bueno, ya se vería cómo iban las cosas.

– ¿Dime, Josh, tienes miedo al agua? ¿Has tenido alguna experiencia mala en el pasado?

Él vaciló antes de contestar.

– Me gusta bastante el agua. Cuando se ve el fondo, eso es. Pero nunca he vivido junto al mar, y pocas veces he tenido la ocasión de utilizar la piscina. Donde yo vivo hay muchos riachuelos, manantiales y ríos, de modo que tuve oportunidad, pero nunca la inclinación.

– ¿Dónde vives?

– En Manhattan.

¿Riachuelos y manantiales en Manhattan?

– Esto… no pareces un neoyorquino.

– En Manhattan, estado de Montana.

– ¿Hay un Manhattan en Montana?

– Sí, señorita. Nos enorgullecemos de llamar La Pequeña Manzana a nuestra ciudad, y sin duda es la tierra más bella que habrás visto en tu vida. Yo nací y me crié allí.

– Entonces eres un vaquero.

– Eso es.

– ¿Quieres decir un verdadero vaquero? ¿Con caballos, ranchos y esas cosas?

– Sí, señorita -dijo mientras esbozaba una sonrisa-. ¿Te gustaría ver mis espuelas?

Santo Cielo, que si le gustaría. Si aquel cachas iba a coquetear con ella, jamás empezarían la clase.

– Confío en tu palabra -dijo ella en tono formal-. ¿Ahora dime, qué experiencia tienes en el agua?

– ¿Quieres decir en referencia a la natación? -preguntó él con un brillo pícaro en la mirada.

El diablillo que Lexie llevaba dentro pensó en jugar con él y contestarle del mismo modo, pero rápidamente abandonó la idea. Siempre se había enorgullecido de su profesionalidad y su dedicación al trabajo. Ya habría tiempo de sobra para coquetear más tarde; si acaso decidía que quería hacerlo.



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