La señora Marshall, una mujer delgada de unos cincuenta años, se acomodó en el taburete que había frente a Angel y la miró con ojos inquietos.

– Algo no anda bien, lo sé, señorita Buchanan. Y tiene que ver con Paul. ¿Qué sucede?

La mirada de Angel volvió fugazmente al televisor y sintió de nuevo en el estómago aquella sensación tan difícil de calificar. Sí, algo no andaba bien. El mundo estaba a punto de beatificar a Stephen Whitney, alguien que, como Angel sabía muy bien, no era ningún santo. Aunque ya pensaría en ello más tarde.

Se esforzó por devolver su atención a la señora Marshall. Angel sabía por una entrevista anterior que la mujer estaba ciegamente enamorada de su jefe, pero Angel decidió que no por ello iba a suavizar las malas noticias. Por experiencia sabía que la verdad desnuda resultaba siempre más beneficiosa que una mentira bien disfrazada.

– Se trata del señor Roth -comenzó Angel, mientras deslizaba la mano en el bolso en busca del paquete de pañuelos que había metido antes de salir de la oficina-. La semana pasada me dijo que usted creía en su inocencia y que estaba dispuesta a vender su casa para pagar la defensa de ese hombre. Sin embargo, he descubierto pruebas que…

– ¿Có-cómo? -balbuceó la mujer.

– Les he seguido la pista a los papeles. -Angel colocó los pañuelos sobre la mesa y se los acercó a la mujer-. Ha estafado a todos los inversores; a todos ellos, incluido el círculo de amistades que van con su madre a misa, señora. No venda su casa por él.

La mujer se pasó la lengua por los labios, pálidos por la sorpresa.

– ¿Es posible que… no sé, que se trate de una equivocación?

Señor, ¿por qué sería que las mujeres cometían el estúpido, y a menudo peligroso, error de confiar en los hombres? Angel meneó la cabeza y dio un golpecito al paquete de pañuelos para acercárselos un poco más.

– No es el tipo de hombre que usted cree que es.



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