La señora Marshall agarró los pañuelos y, muy despacio, bajó del taburete. Angel tragó saliva con gesto de preocupación y también se levantó. Ahora lo hará, pensó, armándose de valor para combatir el pánico que sentía siempre que una mujer se echaba a llorar.

Sin embargo, la señora Marshall inspiró profundamente, entrecerró los ojos y escupió:

– ¡Cabrón!

Angel la miraba sin parpadear.

– ¡Maldito cabrón mentiroso! -En lugar de lágrimas, en los claros ojos de la mujer asomó algo distinto, algo que se parecía a la misma emoción que se enroscaba y retorcía en el interior de Angel.

– Prométeme que todo esto aparecerá en tu artículo -le pidió la señora Marshall-. Prométeme que todo el mundo sabrá el tipo de hombre que es Paul Roth.

– Siempre cuento la historia entera -le aseguró Angel.

– Bien. -El color volvió a las mejillas de la mujer-. Yo creía, bueno, todos creíamos que era incapaz de hacer algo así. Y el mundo debería conocer la verdad sobre los hombres como él.

Antes de que Angel pudiera responder, un camarero que llevaba una bandeja repleta de Martinis y vasos de whisky se detuvo junto a la señora Marshall.

– Señoras, enseguida vengo.

La mujer se volvió hacia él y lo miró con desprecio, y Angel lo atribuyó a que el camarero guardaba un parecido con Paul Roth, el «maldito pelota adulador y seductor con cara de rata» que tanto daño le había causado. Fuera cual fuese la razón, el hecho era que tras pronunciar aquellas palabras, la mujer traicionada soltó el paquete de pañuelos, cogió uno de los vasos de Martini de la bandeja y vació el contenido en la cara del sorprendido camarero.

Entonces desapareció.

Angel le acercó los pañuelos al empapado camarero, le dio una generosa propina y fue entonces cuando pudo, finalmente, ponerle un nombre a la sensación que había percibido en aquella mujer. Era indignación, exactamente lo mismo que la quemaba por dentro cada vez que pensaba que Stephen Whitney sería recordado como un honrado hombre de familia, como todo un héroe.



4 из 295