
Necesitaba aire.
Tenía que salir de allí, aunque ya era tarde para echarse atrás. Había conseguido que su directora, Jane Hurley, aprobara la idea de un artículo que habría de analizar en profundidad la vida de Stephen Whitney, y había averiguado, después de intercambiar mensajes con ella, que su jefa tenía contactos que, seguro, le serían de gran ayuda.
La misma Jane era un buen contacto y Angel lo sabía. Además de haber conseguido que West Coast pasara de ser una revista mensual llena de trucos de decoración y recetas de cocina a convertirse en una publicación seria y respetada en la que se trataban temas culturales y políticos, Jane era también muy rica y tenía una segunda residencia en la famosa Seventeen Mile Drive. Así, gracias a Jane, Angel se hizo con uno de los pocos pases de prensa para cubrir el acontecimiento, y su nombre apareció en la lista de invitados que asistirían a una ceremonia mucho más íntima aquel mismo día, tras el funeral. No obstante, Angel seguía reticente al hecho de indagar en la vida de Stephen Whitney: tiempo atrás se había propuesto firmemente hacer oídos sordos a cuanto tuviera que ver con el «Artista del Corazón», igual que él no le había hecho ningún caso cuando ella tanto lo había necesitado. Quizá no debería…
Pero bueno, no seas ridícula, la interrumpió la periodista que llevaba dentro, aquí hay buen material. Una historia que vale la pena contar.
Sin embargo, cuando el siguiente conjunto coral hizo su entrada en la iglesia, Angel volvió a plantearse el asunto y decidió solucionar su último dilema de la forma en que lo había hecho desde que tenía doce años y era una criatura solitaria enganchada a la película Todos los hombres del presidente. ¿Qué haría Woodward en aquella situación?, se preguntó Angel. ¿Qué haría Woodward?
