
La respuesta era evidente: Woodward se pondría a ello. De inmediato.
Angel inspiró profundamente, echó un vistazo a su izquierda y evaluó a la persona que tenía más cerca, sentada también en el antepenúltimo banco. Señora de mediana edad, traje malva intenso, expresión de educado interés. Probablemente una buena fuente de información básica.
Abandonó su posición de la parte exterior y se deslizó junto a la mujer. La vaporosa seda de su vestido negro, corto y sin mangas, se le subió por encima de las rodillas y Angel, recatada, la colocó en su sitio antes de enfrentarse a la mirada de la mujer.
– Disculpe -murmuró. Uno de los pocos detalles que Angel conocía sobre el artista era que se había casado-. Me preguntaba si me podría indicar quién es la viuda.
La señora Malva le dirigió una prolongada mirada de pocos amigos y Angel lamentó haberse recogido la melena bajo la pamela. Tenía una impresionante mata de rizos rubios que, aunque difícil de manejar, le hacía parecer diez años más joven. Y lo cierto era que aquello le resultaba muy útil a la hora de sonsacar información, puesto que la gente tendía a confiar en aquellos que tenían un aspecto más débil o vulnerable.
Pasó un largo rato antes de que la mujer pronunciara una palabra.
– A Stephen Whitney -dijo en un susurro cortante- no le gustaba el negro.
Angel se miró el vestido. Aquello explicaba por qué ella era el único escarabajo entre aquella multitud de mariposas. Evidentemente, se equivocó al pensar que todo el mundo vestía tonos pastel por el intenso calor.
– Vaya, qué… qué colorista de su parte.
Como aquel comentario tampoco se granjeó el cariño de la señora Malva, Angel se rindió y se deslizó de nuevo hasta su asiento. Sin embargo, su pierna derecha no topó con la parte interior del banco de madera sino con el largo y duro muslo de un hombre.
