
El hombre se apartó.
En aquel momento Angel aminoró la marcha pero le dedicó otra de sus virginales sonrisas.
– No te preocupes, no es nada importante.
– Está a punto de hablar el vicepresidente. -El señor Gafas de Sol soltó un susurro ronco que le hizo estremecerse de nuevo.
Angel se limitó a encogerse de hombros.
– El vicepresidente de Estados Unidos -aclaró mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección al altar.
Angel se esforzó en mantener el culo pegado al asiento para no intimidar a Gafas de Sol, aunque se inclinó ligeramente hacia él y le dijo:
– No lo escucho desde que encargó las empanadas de plástico y las hojas de parra impermeables para el conjunto de estatuas desnudas del jardín de la Casa Blanca.
Se fijó en el leve movimiento de los labios del hombre y supo que ya era suyo. Volvió a sonreírle.
– Me preguntaba si podrías señalarme dónde está la señora Whitney.
– ¿Cómo dices?
Ay, ay, ay, pensó Angel mientras su sonrisa se desvanecía. Aquel no era un «¿Cómo dices? Lo siento no te he oído». Se trataba más bien de un «¿Por qué diablos lo quieres saber?». Con tan solo cinco años, Angel había desarrollado la habilidad de olerse los problemas, y en aquel momento su nariz detectaba un aroma intenso.
Hizo un gesto rápido con la mano con ademán de quitarle importancia a la pregunta y se apartó de su lado hasta topar accidentalmente con el codo de la señora Malva. La mujer aprovechó para echarle una mirada fulminante y sisear un largo «¡chisss!» para que guardara silencio.
Angel quería que se la tragara la tierra. A la derecha hostilidad, a la izquierda desconfianza. Así que se concentró y volvió a pensar en lo de antes. Eres periodista, ya estás acostumbrada a que tu presencia no sea bien recibida. Tampoco era para tanto, solo tenía que mostrarse neutral, distante, indiferente.
