– ¡Vaya! -exclamó de nuevo, a la vez que dirigía rápidamente la mirada a la persona que le había quitado el sitio sin que se diera cuenta-. Disculpa.

El hombre le devolvió la mirada; bueno, al menos fue lo que ella dedujo, pues era difícil averiguar hacia dónde se dirigían sus ojos, escondidos como estaban tras unas gafas de sol Armani.

– No te preocupes -respondió en voz baja, volviendo a mirar hacia delante.

Por alguna razón la atención de Angel permaneció fija sobre él. Seguramente aquel hombre conocía a Stephen Whitney mejor que ella, pues llevaba una camisa de lino amarilla y un traje fino de color verde oliva que le quedaban un poco grandes. Estaba muy bronceado; claro, claro, aquel traje caro, aquellas gafas de sol de diseño… todo parecía indicar que el hombre era de Malibú, además del cabello, oscuro y ligeramente despeinado, y del cuello de la camisa, vuelto al estilo de «me da todo igual».

Como si notara que ella aún lo estaba mirando, el hombre volvió de nuevo la cabeza.

Entonces notó algo como… como una sacudida que le hizo erguir la espalda y le produjo un cosquilleo excitante en la barriga. En aquel momento cuanto Angel podía oír era el «vaya, vaya, échale un vistazo a este tipo» que le gritaban sus hormonas, así que le costó aguantar la repentina necesidad de frotarse contra el banquito de madera.

Pero entonces, a Dios gracias, su mente utilizó un tono serio y sensato para recordarle que estaba en un entierro. El de Stephen Whitney.

Angel, sonrojada, intentó quitarle importancia a aquel incómodo momento con una sonrisa. Sonrisa que solía resultar definitiva para desarmar a los hombres, porque bajo aquella maraña rizada de pelo tenía un cuerpo delgado y frágil que, pese a estar sano como una manzana, irradiaba una inocencia que parecía gritar «apiádate de mí».

– ¿Querías algo? -preguntó el hombre.

– Bueno… pues… -¿Y por qué no? Siempre había pensado que si tenía el aspecto de una criatura que necesitaba a un caballero de brillante armadura que la protegiese, más valía que le sacara algún provecho-. Quizá podrías ayudarme -dijo con suavidad mientras se le acercaba, muy despacio.



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