En la ventana cuadrada sobre la nueva encimera que mi padre había colocado al reconstruir gran parte de la cocina, nuestros reflejos parecían muy próximos por una jugarreta de la perspectiva; sin embargo, no se nos hubiera podido identificar a ninguna de las dos, ni siquiera quién era madre, ni quién hija. Con voz engañosamente tranquila mi madre dijo:

– Krista, por lo menos mírame. ¿Estabas, no es eso, con él?

Se trataba ya de él. Ahora sin confusión posible.

Un tirante de la mochila se me había enredado en los pies. Le di una patada. Me ardía la cara. Casi de manera inaudible murmuré porque no podía mentir a mi madre, que conocía muy bien mi corazón rebelde y, cuando me preguntó qué era lo que había dicho, repetí, culpable, pero desafiante:

– Sí. Estaba con… papá.

Papá era una palabra de niña pequeña. Ben llevaba años sin decirla.

– Y ¿dónde estabas, con «papá»?

– Paseando en coche. En ningún sitio.

– ¿En ningún sitio?

– Por la orilla del río. En ningún sitio en especial.

Pero sí que era especial. Porque no estábamos más que papá y yo.

La traición es lo que duele. La traición es la herida más profunda. Traición es lo que queda del amor cuando el amor ha desaparecido.

Mi madre se llamaba Lucille. Nadie utilizaba el diminutivo «Lucy». Una intensa conciencia de su autoridad -ahora de o vulnerable de su autoridad- parecía apoderarse de ella, dominarla, en momentos así, cada vez más, a medida que yo me hacía mayor; al diálogo más intrascendente le añadía siempre una misteriosa exigencia que nunca parecía llegar a ser plenamente satisfecha. Desde que el marido de Lucille, ahora su ex esposo, que era mi padre, nos había dejado definitivamente, o (eso nunca nos había quedado claro ni a Ben ni a mí) se le había obligado a dejarnos, aquella exigencia se había hecho insaciable.



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