querría recordar una herida tan trivial, tan insignificante, un malentendido, un descuido momentáneo por parte de un hombre con tantas cosas más en la cabeza, un hombre al que se estaba arrastrando de manera todavía más rápida e inexorable hacia la órbita de su muerte y de su olvido más allá de la longitud del camino de grava, en el que brillaban los charcos, aquella lluviosa noche de noviembre de 1987 cuando yo tenía quince años y esperaba con impaciencia que empezara mi verdadera vida.

2

Un reproche como una flecha lanzada por el arco y dirigida a mi corazón.

Reproche en un tono de voz que casi no era de censura, que casi se podría confundir -si esto fuera una comedia televisiva y usted fuera un espectador inexperto- con picardía, con travesura.

– Estabas con él, Krista. ¿Verdad que sí?

Mi madre no subrayó el pronombre él. Con su voz apenas crítica de mamá televisiva, //era tan desapasionado como el cemento.

Ni su pregunta era una verdadera pregunta. Era una afirmación: una acusación.

– Podías haber llamado, al menos. Si no ibas a volver en el autobús. Si te hubieras molestado en pensar en alguien aparte de ti misma, y de él. Tendrías que haber sabido…

Que estaba preocupada. O si no preocupada, ofendida.

El orgullo de una madre se hiere con facilidad, no te equivoques pensando que el amor de una madre es incondicional.

Sin aliento por mi carrera bajo la lluvia e indignada, desgreñada, me quité las botas a patadas, tratando torpemente de colgar mi chaqueta en el perchero junto a la puerta, deseando a medias que se rasgara. Una chaqueta de un fantástico color morado e imitación de seda con un ribete crema que me gustaba mucho cuando estaba nueva hacía no demasiado tiempo pero de la que había llegado a pensar que parecía barata y pretenciosa. Estaba evitando enfrentarme con mi madre porque no quería tener que responder a la mirada acusadora de sus ojos, una mezcla de alivio -era verdad que le había preocupado no saber dónde estaba yo- y de indignación creciente.



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