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Un reproche como una flecha lanzada por el arco y dirigida a mi corazón.
Reproche en un tono de voz que casi no era de censura, que casi se podría confundir -si esto fuera una comedia televisiva y usted fuera un espectador inexperto- con picardía, con travesura.
– Estabas con él, Krista. ¿Verdad que sí?
Mi madre no subrayó el pronombre él. Con su voz apenas crítica de mamá televisiva, //era tan desapasionado como el cemento.
Ni su pregunta era una verdadera pregunta. Era una afirmación: una acusación.
– Podías haber llamado, al menos. Si no ibas a volver en el autobús. Si te hubieras molestado en pensar en alguien aparte de ti misma, y de él. Tendrías que haber sabido…
Que estaba preocupada. O si no preocupada, ofendida.
El orgullo de una madre se hiere con facilidad, no te equivoques pensando que el amor de una madre es incondicional.
Sin aliento por mi carrera bajo la lluvia e indignada, desgreñada, me quité las botas a patadas, tratando torpemente de colgar mi chaqueta en el perchero junto a la puerta, deseando a medias que se rasgara. Una chaqueta de un fantástico color morado e imitación de seda con un ribete crema que me gustaba mucho cuando estaba nueva hacía no demasiado tiempo pero de la que había llegado a pensar que parecía barata y pretenciosa. Estaba evitando enfrentarme con mi madre porque no quería tener que responder a la mirada acusadora de sus ojos, una mezcla de alivio -era verdad que le había preocupado no saber dónde estaba yo- y de indignación creciente.
